El Descubrimiento
A mediados del 2005 terminaba mi curso superior de espeleología de la Asociación de Montañismo de la UNAM y el Instructor del curso Javier Vargas Guerrero había reservado como última salida, una práctica para ubicar nuevas cuevas en los alrededores de Zoquitlán, Puebla.

Foto: Jimena Forcada
Hicimos varios equipos y en el mío quedaron Emilio Tejeda, Adriana Aguirre y Roberto Rodríguez como nuestro monitor. Después de revisar algunas oquedades que no tenían mayor profundidad, Emilio avistó, sobre una pared de unos 5 metros de alto, lo que parecía ser una entrada de cueva.
Esta entrada está muy cercana a la terracería que parte del pueblo de Zoquitlán, pero la posición que tiene en lo alto de la pared la hace esconderse, quizás por esto nadie la había visitado hasta ahora.
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Foto: Jimena Forcada |
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Emilio subió primero y confirmó la entrada de la cueva. Lanzó una piedra y después de esperar unos segundos retumbó en el fondo: ahora sí había encontrado una cueva.
Subimos los demás del equipo y empezamos a armar la cabecera. Mientras colocábamos dos spits, comenzó a llegar un olor muy desagradable. Pensamos que podrían ser las plantas pero al escuchar agua cayendo como si fuera una cubetazo, volteamos y vimos un tubo de PVC que daba a un costado de la cueva y que funcionaba como desagüe de una casa cercana. Por esta razón, tiempo después Emilio bautizó la cueva como “El Cañal”.
Ahora con un poco más de tiempo, reflexiono que fue el amor a la espeleología y a la aventura lo que nos hizo continuar, pues era una situación poco agradable.
Una vez armada la rampa, la cual nos acercaba al tiro de entrada a la cueva y a la cabecera, me tocó bajar a mi primero; al estar ahí pude ver que la cueva era bastante amplia y que el pozo en sí tenía el tamaño suficiente como para no estar en contacto con los deshechos del desagüe así que decidimos continuar.
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Foto: Daniel Castro Tello
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